El barrio de Polanco

(Este post fue escrito originalmente el 12 de marzo de 2009 en CríticaPura)

Hoy quiero hablar del histórico barrio de Polanco, en la ciudad de México. Hace algún tiempo, cuando llegue a vivir ahí, recuerdo haberme convertido en un auténtico boyscout: peiné a pie toda la zona, desde la calzada Mariano Escobedo hasta el Bulevar Manuel Ávila Camacho, y todo Ejercito Nacional hasta alcanzar Paseo de la Reforma, descubriendo, en el curso de la expedición, las amplias y poéticas vías de Homero u Horacio, en donde se yerguen edificaciones tan representativas como la parroquia de San Agustín. Y también encontrando al paso callejuelas de un insospechado sabor nostálgico, como la parte más meridional de Hegel, tan frondosamente arbolada que pareciera tener un techo de esmeralda, con poderosos troncos que hacen elevar copas cuyas hojas más altas saludan a las que nacen del fuste en la acera vecina.

Vista Polanco

Una buena parte de mis rutinas han sucedido desde entonces aquí: encuentros con amigos en los parisinos cafés-bistrots de Campos Elíseos y bares de la avenida Masaryk, como el del Habita, desde cuya terraza se domina el corazón del vecindario; reuniones en los restaurantes de Julio Verne; cenas de ultima hora en los sabrosos (y maravillosamente baratos) tacos del Taco-Moloco frente a la Defensa Nacional; búsquedas literarias en la generosamente surtida sucursal de El Péndulo sobre Alejandro Dumas; espartanas salidas a correr en la mañana por el camellón de Horacio.

Hace poco, sin embargo, se me dio re-descubrir Polanco. A diferencia de muchos otros lugares de la ciudad, Polanco es, más allá de sus boutiques, centros comerciales y departamentos tipo loft, una exquisita zona para salir a curiosear. Y es que así es Polanco: caminable; y así lo he estado re-descubriendo: caminando.

Moliére PolancoAlgo que encuentro fascinante del sitio (el barrio de Polanco es en realidad un conjunto de seis colonias contiguas) es la serie de contrastes que uno encuentra; eclécticos, pero armónicos a su manera. Caminando por Oscar Wilde uno se topa con tradicionales puestitos de flores y fruta frescas a pie de calle, lo mismo que exclusivos negocios gourmet donde se debe pagar una pequeña fortuna para adquirir un minúsculo frasco de cardamomo o una latita de foie gras. En Emilio Castellar, a la altura de La Fontaine, se pueden mandar a hacer trajes a la medida con finas telas importadas, de esas de las que se puede sentir su rica textura sólo con la mirada. En la misma calle, a la altura de Goldschmit, existe la posibilidad de conseguir un buen atuendo, a precios mucho más razonables y sin sacrificar tanto en calidad, en una tradicional sastrería cuyo dueño ha portado el mismo apellido por tres generaciones. Jamás me cansaré de llegar hacia Moliere vía Ibsen, para ver como Louis Vuitton y Cartier comparten plaza junto al local de tamales y la ferretería donde mandé hacer mi nuevo juego de llaves, luego de volver a dejarlas en Cuernavaca por enésima vez. En Polanco es posible sentarse a la mesa de El Pujol, en Petrarca, para degustar el aguachile de láminas de garra de león y venado en recaudo negro; o irse a los famosos Caldos Polanco para probar, por 35 pesos, un caldo de pollo que trae consigo la garantía de cuatro décadas de aprobación popular (ni que decir de los esquites de la esquina de Moliere, cuya clientela debe esperar hasta media hora en la fila).

Casa PolancojpgUna de las notas más interesantes del barrio, y que lo hacen ser tan vibrante, es su acentuado cosmopolitismo. Por años, Polanco ha sido hogar de las comunidades judía, española, libanesa, francesa, alemana, y más recientemente japonesa, entre otras. La presencia de numerosas embajadas hace que oír acentos y lenguas extranjeras sea moneda corriente. Polanco es como un puerto a donde arriban gentes de todas partes; puerto que ha renunciado a tener su mar, a caso temiendo que el calor salado de la playa carcoma sus antiguas casonas estilo colonial californiano y decimonónico afrancesado, muchas de las cuales se han convertido en exclusivas boutiques, galerías de arte, embajadas, y oficinas como las de la Fundación Colosio, que ha atinado en mantener el edificio, verdadera joya, en excelentes condiciones.

Gracias a su diversidad cultural, se encuentra una extensa y sibarita gastronomía por los rumbos, desde ricos helados italianos hasta pechuga de pato en Saint Honoré; tanto excelentes cavas de vino como una amplia gama de quesos. Saliendo a correr por las mañanas al parque Lincoln (en que pese al transito urbano de Anatole France y Luís Urbina se puede respirar aire fresco) veo a otros corredores, titiritando como yo por un frío acompañado de bruma y sereno. Algunas de esas corredoras son chicas judías que salen a hacer ejercicio con un curioso ropaje: sus tradicionales faldas largas, pero adaptadas en tela deportiva para la ocasión, y el cable de los audífonos de un iPod pasando dentro de su pañuelo (también ‘deportivizado’) sobre la cabeza. A algunas de ellas, muy bellas (oy vey!) les he tratado de robar una cómplice mirada, aunque no he logrado pasar de un ‘shalom’ y una sonrisa que se esfuma a la velocidad en que pasamos corriendo en sentidos opuestos, ella por la galería de antigüedades, en dirección a Dickens, y yo hacia Arquímedes.

Antara Polanco

Este mismo parque Lincoln es una delicia para pasear en fines de semana. Ahí se encuentra la Torre del Reloj, para muchos, símbolo de Polanco mismo, y que en su interior alberga un saloncito donde se encuentran exposiciones insospechadas de pintura y fotografía. Yendo hacia Temístocles, se encuentra también el teatro al aire libre Ángela Peralta y el aviario, a la altura de Eugenio Sue y Mousset. Sábado y domingo, en sus dos espejos de agua, se dan cita aficionados a los barcos miniatura, que con gran pericia navegan sus embarcaciones a control remoto, mientras los menos experimentados rentan una nave que queda a la expectativa, como pairo. Desde ahí uno puede ir a caminar al parque América, ir a un concierto en el Conservatorio Nacional, cerca de la sinagoga, curiosear un improvisado e improbable marché aux puces en medio de plena plaza Antara, o de plano salir por el Obelisco a Bolívar rumbo al Paseo de la Reforma, cruzar hacia Campo Marte y su monumental bandera, y de ahí elegir entre una ópera en el Auditorio Nacional, o una exposición en el Museo Nacional de Antropología mientras se recorre las muestras de pintura que suelen ponerse en Reforma a la altura de Chapultepec, a donde también se puede ir para visitar el zoológico o internarse hasta el Castillo, aunque esto lo ubica a uno ya en los límites del barrio.

Lago Parque Lincoln

Caminando de vuelta al depa desde Masaryk, doblo hacia parque Lincoln por pasaje Polanco, y salgo a la estatua de Martin Luther King. Desde ahí, ya de noche, veo las luces de los altos edificios en la zona hotelera (qué buenos martinis los del W!). Ya se ha montado un buen transito –aunque no tanto como el que se hace últimamente en la glorieta de Ferrocarril de Cuernavaca, frente a Lyceo Franco-Mexicano. Con todo, el claxon de los autos se va paliando con algunas notas de jazz de un barecillo escondido en Monte Eibruz, que medio compiten con las percusiones de un pub en Campos Eliseos, o quizá del Hard Rock Café. Ya casi llego a Moliere, y ahí se va acabando el trayecto, los ruidos del barrio, y este comentario. Así termina el recorrido por lo que desde los años veintes es Polanco, la antigua Hacienda de San Juan de Los Morales. Quizá mañana, si me levanto temprano, tenga más suerte encontrando miradas cómplices en mis correrías por Horacio o Parque Lincoln.

PS. ¿Se acuerdan de la película “Matando Cabos”? Aquí les dejo el video de la canción, “La reina de Polanco”,  y algunas referencias:

http://www.ciudadmexico.com.mx/zonas/polanco.htm

http://www.polanco-online.com.mx/

http://es.wikipedia.org/wiki/Polanco_(México) 

http://www.youtube.com/watch?v=Q2iRk3O3o98&feature=related

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