Derechosos e izquierdosos in nuce?

(Este post fue escrito originalmente el 27 de febrero de 2009 en CríticaPura)

El fin de semana pasado, de viaje en Monterrey, charlaba con unos amigos sobre los méritos del political compass (“brújula política”), un cuestionario-test que desde hace tiempo ha circulado por internet, con creciente popularidad, y promete ser una herramienta para saber en qué parte del espectro político se encuentra uno. Mediante 61 preguntas, el test determina si uno es de izquierda o derecha (en términos de preferencias económicas), y si es autoritario o “libertario” (según preferencias socio-políticas). En el extremo de la derecha se encuentran los neo-liberales, en el extremo de la izquierda los comunistas; en el extremo del autoritarismo están los fascistas y en el extremo del libertarianismo se ubican los anarquistas.

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La propuesta es interesante, sobre todo porque va un paso más allá de la vieja dicotomía derecha-izquierda surgida con la Revolución francesa, cuyo poder explicativo está ampliamente rebasado. Sin embargo, es necesario señalar algunas reservas respecto al dichoso political compass y las expectativas que ha generado.

Me ha maravillado cómo algunas personas conceden demasiado al test, olvidando que se trata de una herramienta, útil por su puesto, pero también limitada e imperfecta. Pongo dos casos que me parecen preocupantes. En primer lugar, hay una tendencia a hablar de un “lado correcto”. Generalmente este es el “libertario de izquierda”. La mayoría de la gente que sale en este recuadro tras tomar el test tiene la impresión de haber quedado en este lado correcto, cuya consecuencia inmediata es que hay otros tres “lados incorrectos” (autoritario de izquierda, autoritario de derecha, y libertario de derecha). Curiosamente, la mayoría de la gente tiene esta impresión debido a que, según el polítical compass, Nelson Mandela y el Dalai Lama saldrían (hipotéticamente) como libertarios de izquierda. Más que análisis de fondo, hay una serie de idealizaciones. Los más ortodoxos llegan a afirmar que es preferible salir en el extremo izquierdo y libertario (comunismo-anarquismo) que justamente sobre la línea libertaria-izquierda (todo, claro, para aparecer en la foto más cerca del Dalai Lama). Irónicamente, algunas personas que cantan las loas a los gobiernos escandinavos y sus altos resultados en bienestar social, rechazarían salir en el cuadrante de libertario-derecha, aunque todos estos países salen ahí, según el propio test.

Politicalcompass2Elsegundo caso es el de las personas que repentinamente se definen como de izquierda-libertaria, derecha-libertaria, etc., sólo porque así aparecen en el test. A la pregunta de ¿tú qué entiendes por izquierda/derecha libertaria?, naturalmente no tienen una respuesta clara. Esto, nuevamente, es producto de las imágenes inducidas. Por ejemplo, como en el political compass se señala que Stalin saldría en autoritario-izquierda y Gandhi en libertario-izquierda, muchos tienden a decir “yo salgo como Gandhi, eso debe ser bueno”. Lo que no se matiza, es que Stalin sale no sólo en izquierda-autoritaria, sino en el extremo, y que Gandhi, en contraste, no sale en los extremos. Me preocupa pues que una lectura superficial y mecánica de este test degenere en definirse políticamente de manera desinformada y en base a imágenes idealizadas e hipotéticas.

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Pero aún hay más. Junto con una traducción mediocre al español (que confunde “ultimately” con “últimamente”, y “reflection” con “reflexión”), es inevitable constatar que algunas preguntas tienen sesgos contextuales. Por ejemplo, se pregunta si uno cree que “nuestras libertades civiles están siendo excesivamente restringidas en nombre de la lucha contra el terrorismo”. Claramente, esta pregunta está pensada para el público norteamericano, y los debates sobre las leyes de intercepción de llamadas telefónicas, detención de presuntos terroristas y su retención en custodia, etc. ¿Y en México? Un amigo me dijo que contestó esta pregunta suponiendo que “guerra contra el terrorismo” podía significar “guerra contra el narco”. Naturalmente, ambas luchas son horribles, pero también son significativamente diferentes (al menos por ahora, si bien es cierto que la lógica de la lucha apunta hacia una evolución al narco-terrorismo).

En otras ocasiones, las preguntas de alguna manera inducen a responder lo “políticamente correcto”, y además suponen erróneamente que el lector tiene en su mano toda la información necesaria para hacer un juicio certero. Por ejemplo, cuando se pregunta, ¿cree usted que los ricos pagan impuestos demasiado elevados?, varios amigos me han confesado que sienten una inclinación natural a responder que no (es políticamente más correcto), aunque no se tenga la menor idea del sistema impositivo. Más aún, en Querétaro, por ejemplo, el gobernador panista Garrido Patrón creó un desafortunado “impuesto sobre la nómina”, una forma burda y fácil de tratar de obtener más dinero, que, naturalmente, pagan clases medias altas. Un queretano que responda “sí” a la mencionada pregunta, sería ya por eso entonces catalogado como de derecha, cuando en realidad la respuesta es fruto de un malestar contra un impuesto absurdo y abusivo.

Habrá pues que tomar el test, que es interesantísimo, pero darle una lectura cuidadosa, que evite maniqueísmos de buenos y malos, y sobre todo que evite definiciones mecánicas. Yo los invito a hacerlo, si no lo han hecho, pero sin caer en estereotipos fáciles. 

Más allá del political compass, sin embargo, el tema que se desprende es el de las nuevas formas de afirmación e identidad política en una sociedad crecientemente compleja. ¿Un panista es necesariamente de derecha? Definitivamente no es lo mismo el PAN de Gomez Morin que el de Manuel Espino. Tampoco es lo mismo el priismo viejo y tradicional de la nomenklatura que el del ala reformista de ese partido. Y qué decir del PRD, ¿todo perredista es de izquierda? ¿Serán lo mismo Ebrard que Noroña?

www.ParaLeerPrensaEnLínea.com

(Este post fue escrito originalmente el 9 de marzo de 2009 en CríticaPura)
  • Prensa escrita y prensa on-line.
  • Madama Butterfly en el Auditorio Nacional.

Baby Boy Reading the Newspaper

Recuerdo bien cuando, hace varios años, mi padre empezó con la costumbre de llevarme muy temprano a la calle de Carlos Cuauglia en Cuernavaca, antes de dejarme en la escuela. En esa calle se reunían los voceadores que saldrían a vender el periódico y por tanto ahí uno encontraba toda la gama imaginable de diarios, nacionales y locales; nos bajábamos y mi padre me invitaba a elegir uno o dos, con la recomendación de comparar las cosas que leía en ambos y de ir descifrando lo que las notas realmente me querían decir. Desde entonces me gusta comprar el diario, comprar diferentes, contrastarlos, seguir articulistas, ejercer la crítica. Todo esto, en el mundo de la prensa tradicional, impresa.

Hace unos días estaba charlando con Said, amigo de toda la vida y apasionado de la música, la aventura (se va a Canadá pronto) y de la tecnología. Además, es un gentil lector de este blog. Discutía con él sobre las nuevas posibilidades que internet abre, y de hecho le pedía consejo sobre cómo aprovechar mejor estas ventajas, tanto para ser más productivo “profesionalmente” como para el ocio. En esta charla, caímos en el tema de las noticias. Me mostró entonces un texto de Martin Varsavsky titulado “Si buscamos objetividad, abandonemos el papel”. La tesis del artículo es simple. Luego de señalar un comparativo entre notas de la edición impresa de El País (tendenciosas, a decir de él), y la misma nota en la edición electrónica (mucho más objetiva), el autor sentencia:

Es como que El País se dio cuenta que sus lectores más viejos que leen en papel aprecian más la noticia cargada de opinión mientras que la generación Internet quiere sólo la noticia para luego dar ellos su opinión … Creo que ésta es una razón más para leer las noticias en Internet y no en papel. Los que hacen ediciones digitales saben que los lectores son mucho más críticos, que pueden responder, que pueden contrastar otras fuentes en segundos, que no son tan engañables, que quieren más información y menos opinión.

Girl newspaperNaturalmente, para decir de manera responsable que El País o cualquier otro medio tiene una diferenciación en el tono y sesgo de sus notas según se lea en papel o e internet, haría falta un estudio sistemático y de fondo, caso por caso. Lo que sí es cierto, sin embargo, es que los lectores de notas en internet tienen un perfil diferente al grueso de los que leen el diario en papel. Es indiscutible que quien se entera por internet tiene capacidad de contrastar la información, pasando de la BBC a la Deutsche Welle o de CNN a al-Jazeera con tanta facilidad como si se tratara de pedir un cambio de cartas en el poker. También es cierto que el internet permite dejar un testimonio, en forma de opinión, a la mayoría de las notas que aparecen. Un comentario no pasará (en principio) por la censura, ni por los intricados protocolos del derecho de réplica de los medios impresos; será público, y potencialmente, puede ser leído por el mismo número de personas que leen la nota principal. Es pues, una democratización tremenda del derecho a opinar, rebatir, y expresarse.

Personalmente, debo confesar que disfruto mucho tener un periódico entre mis manos, y creo que hay algo de melancólico y elegante en recibir o comprar el diario por la mañana y leerlo con el desayuno, intercambiar la sección principal y la internacional con otros colegas (recuerdo que en la universidad yo compraba un diario, un amigo otro, otra amiga otro, y compartíamos notas), en fin, un periódico impreso es siempre un buen acompañante, ya sea echándose el viaje Universidad-Tlatelolco en el metro capitalino o el vuelo México-Schiphol; nunca falla. Pese a todo, debo reconocer también que la consulta de los medios en internet es una maravilla; qué época privilegiada la nuestra en que con un clic veo el Corriere Della Sera y luego The New York Times, el Granma y luego Le Monde. Nada más práctico que oír a los articulistas de El Universal leyéndome su columna del día mientras reviso mi correo electrónico. Recién empiezo a usar los servicios de “feeds” que me actualizan con un vistazo ocasional a mi equipo móvil, y es de lo más cómodo. Yo invitaría a que hagamos este ejercicio de contraste con nuestros periódicos preferidos durante un espacio razonable de tiempo para sacar nuestras propias conclusiones al respecto. Me parece que hay, sin duda, diferencia sensibles entre las posibilidades de la prensa impresa y en línea. Ojalá no desaparezca la primera, pero bienvenidas las posibilidades de la segunda.

Conversaciones de café

El fin de semana pasado fui junto a algunos amigos a ver las transmisiones en vivo que el Auditorio Nacional hace de las óperas que se presentan en el Metropolitan Opera de Nueva York. En este caso fue Madama Butterfly (Puccini, 1904), producción de Anthony Minghella (oscar a mejor director por El paciente inglés), ahora bajo la magistral conducción de Patrick Summers, con Patricia Racette en el rol de Cio Cio San y Marcello Giordani como Pinkerton. Además de la realización, por demás bien montada y que echó mano de recursos coreográficos originales e inteligentes (Carolyn Choa), el formato de la transmisión en vivo me resulta atractiva: si bien es cierto que nada iguala la experiencia de presenciar una ópera in sitio, también lo es que una buena calidad audiovisual ayudó mucho a llevar esa transmisión en vivo a despertar la pasión del público mexicano (y extranjero presente) que, a 3, 400 kilómetros de distancia, no pudo contener un aplauso ‘remoto’ luego de momentos estelares y clásicos como “Un bel dì”, que a uno le desgarran el corazón. En estas transmisiones uno tiene la oportunidad de ver entrevistas en vivo, durante los intermedios, con los artistas, coreógrafos y demás inteligencias que hacen posible el montaje, lo cual abona a una experiencia apetecible y redonda. Es además una manera de acercar y democratizar la cultura. La información sobre la temporada del METOpera en México puede ser consultada en la página del Auditorio Nacional, o descargarla desde el sitio del Metropolitan. La cartelera está buena, y aunque falta, espero con entusiasmo Turandot.

Madama Butterfly